Hombrecitos
Hombrecitos —Pero te vas a fatigar y a acalorar demasiado. Otro dÃa irás conmigo y traerás todas las zarzamoras que quieras.
—Tú nunca sales, porque siempre tienes que hacer, y yo quiero traerte moras —dijo Rob, rompiendo a llorar.
Todos se conmovieron al ver caer los lagrimones del niño en la brillante cacerola. Daisy se brindó a quedarse acompañándolo. Nan, muy resuelta, dijo:
—Que venga con nosotros; yo me encargo de él.
—Si Franz los acompañara, me quedarÃa tranquila, pero Franz está segando con papá, y no confÃo mucho en ustedes.
—Rob no debe venir; vamos muy lejos —murmuró Jack.
—Si yo pudiera, lo llevarÃa —suspiró Dan.
—Gracias, tú tienes que cuidarte el pie. Yo también irÃa si pudiera. Pero, esperen, veremos de arreglar todo —dijo mamá Bhaer, corriendo hacia el camino y agitando el delantal.
Silas, que pasaba con la carreta de heno, se prestó a llevarlos hasta los pastos y a ir a buscarlos a las cinco de la tarde.
—Esto será un retraso para usted; pero lo indemnizaremos dándole pasteles y compota de moras —dijo tÃa Jo, conocedora de las debilidades del jardinero.