Hombrecitos

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Pero de todas las aventuras de la tarde, la más sonada y memorable fue la ocurrida a Nan y a Rob. Después de haber comido y brincado; después de llenarse el vestido de desgarrones y la cara y las manos de arañazos, Nan comenzó formalmente a recoger moras. Pero a pesar de su agilidad y destreza, no satisfecha, cosechaba menos que Daisy, que estaba consagrada tranquilamente a la faena. Rob iba tras de Nan, tanto por simpatizar más con la intrépida muchacha que con la apacible Daisy, y porque ambicionaba hacer gran provisión de fruto, para cumplir lo prometido a su madre.

—No consigo llenar la cacerola y empiezo a cansarme —exclamó el niño sentándose fatigado; sentía mucho calor, pero volvió a levantarse para seguir, brincando, a Nan.

—Cuando estuvimos aquí, había muchísimas moras detrás de ese muro y además vimos una cueva y los niños encendieron lumbre. Vamos; en un instante llenamos las cacerolas, y, después, nos escondemos en la cueva y dejamos que se mareen buscándonos —propuso Nan.

Rob accedió y ambos escalaron el muro, se deslizaron por el declive del lado opuesto y quedaron ocultos por rocas y árboles. Efectivamente, abundaban allí las moras, y en seguida llenaron las vasijas.

La sombra era grata y un manantial calmó su sed.


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