Hombrecitos

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—Ahora vamos a la cueva; descansaremos y merendaremos —dijo Nan, muy satisfecha del buen éxito de la correría.

—¿Conoces el camino…? —preguntó Rob.

—¡Claro que lo conozco! Estuve una vez y me basta para recordarlo siempre. ¿No fui yo sola a recoger mi equipaje…?

Rob convencido, siguió a la muchacha, que, después de muchos rodeos, lo llevó a una cueva, donde varias piedras ennegrecidas mostraban huellas de lumbre.

—¿No es esto lindísimo? —preguntó Nan, devorando su ración de pan y manteca, no muy limpia por haber sido mezclada, en el bolsillo, con piedras, clavos y anzuelos.

—Sí; pero ¿nos encontrarán pronto? —murmuró Rob, que empezaba a encontrar muy solitario aquel paraje.

—No lo sé; cuando los oiga, me esconderé; quiero divertirme confundiéndolos.

—¿Y si no vienen…?

—No importa; sé el camino a casa.

—Deberíamos irnos ahora mismo.

—Yo no me voy hasta recoger las moras que se me han derramado —dijo la muchacha.

—¡Tú ofreciste cuidar mucho de mí! —suspiró el chico, mirando al sol ocultarse tras la colina.


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