Hombrecitos
Hombrecitos —¡Y estoy cumpliendo lo que ofrecí! No seas fastidioso.
Rob se sentó y esperó con paciencia mezclada de inquietud; se sentía intranquilo, pero tenía mucha confianza en Nan.
—Pronto será de noche —observó, sintiendo la picadura de un mosquito, y oyendo a las ranas preludiar su nocturno concierto en el vecino estanque.
—¡Válgame Dios! ¡Tienes razón! Vámonos ya antes de que se marchen todos en el carro.
—Hace una hora que oí tocar una bocina; acaso estuvieran llamándonos —exclamó Rob, corriendo y tropezando tras de su guía, que trepaba por la colina.
—¿Hacia dónde sonó…?
—Hacia allí —murmuró el chico, señalando con un dedito muy sucio, en cualquier dirección.
—Pues vamos allá y los encontraremos —gritó Nan, descendiendo a saltos, porque no lograba dar con el camino que antes recorrieran.
Pasaron un buen rato dando vueltas, desorientados, deteniéndose para ver si oían sonar la bocina. Pero no era fácil: el chico tomó por sonar de bocina el «muú» de una vaca que iba al establo.
—¿Sabes si al venir pasamos por estas piedras…?
—Lo que sé es que quiero volver a casa —murmuró acongojado Rob.