Hombrecitos

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Nan lo acarició, lo tomó en brazos, y le dijo resueltamente:

—Ya vamos monín; al salir al camino, te llevaré a cuestas.

—¿Dónde está el camino…?

—Detrás de ese árbol grande. ¿Te acuerdas de que ahí se cayó Ned…?

—Bueno. ¿Nos estarán esperando…? Quisiera volver en el carro —insinuó, algo consolado, el pequeño.

—Prefiero ir andando —afirmó la niña, convencida de que no había más remedio que ir a pie.

Caminaron largo, tropezando, alumbrados por los agonizantes fulgores del crepúsculo. Un nuevo desencanto los esperaba. Al llegar, se encontraron con que no era el mismo árbol, y no vieron señal alguna de camino.

—¿Nos hemos perdido? —sollozó el muchachito.

—No. No veo bien el camino. Gritaremos para que vengan a buscarnos.

Gritaron ambos hasta enronquecer, pero nadie les contestó.

—Allí hay otro árbol grande; acaso sea el que buscamos —dijo Nan, que ya se estaba acobardando.

—No puedo caminar más —suspiró Rob, sentándose.

—Pues entonces tendremos que pasar aquí la noche. No me importa, siempre que no vengan culebras.


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