Hombrecitos

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—Pues yo le temo mucho a las culebras, y no quiero pasar aquí la noche —dijo Rob, y ya iba a romper a llorar, cuando de repente, exclamó tranquila y confiadamente—: Mamá vendrá a buscarme; siempre me busca; ya no siento miedo.

—Pero si no sabe dónde estamos.

—Tampoco lo sabía cuando me quedé encerrado en la heladera, y, sin embargo, me encontró. Seguramente vendrá.

Nan se consoló al oír al niño, y murmuró con cierto remordimiento.

—No debimos correr y alejarnos de todos.

—Tú tienes la culpa; pero a mí no me importa, mamá me quiere siempre y vendrá por mí.

—Tengo hambre; debemos comernos las moras —propuso la muchacha al pequeño, que empezaba a dar cabezadas.

—También yo tengo hambre, pero no me comeré las moras; ofrecí llevárselas a mamá.

—Siendo mucho más bonito el día, no sé para qué habrá hecho Dios la noche.

—Para dormir —bostezó el niño.

—Pues, durmamos.

—¡Yo quiero dormir en mi cama! ¡Quiero ver a mi hermano Teddy! —exclamó Rob, que, al oír piara los pajarillos en los nidos, recordó con tristeza su casa.


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