Hombrecitos

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—Tu madre no nos encontrará; está muy oscuro, y no es posible que nos vea —refunfuñó la muchacha.

—Más oscura estaba la heladera, y aún cuando ni siquiera llamé, mamá me vio —afirmó confiadamente Rob, poniéndose de pie, como si ya llegase el socorro anhelado—. ¡Ya la veo! ¡Ya la veo! —gritó corriendo velozmente hacia un bulto negro que se iba aproximando. De repente, se detuvo y retrocedió aterrado—: ¡Es un oso! ¡Es un oso negro, muy grande…!

Nan se aturdió, se acobardó y se disponía a correr, cuando oyó un «¡Muú!» tranquilizador, que la hizo brincar de alegría.

—¡Es una vaca, Rob! ¡Es la vaca negra, tan bonita que vimos esta tarde…!

El manso rumiante debió considerar extraño encontrarse con niños de noche y se detuvo filosóficamente. Nan sintió ganas de ordeñar a la vaca.

—Mira, Rob; Silas me enseñó a ordeñar; las moras deben estar riquísimas con leche.

Vació en el sombrero el contenido de la cacerola y comenzó audazmente el ordeñe.

El animal había sufrido ya el ordeñe en el establo y apenas si suministró media ración de leche a los sedientos chicuelos.

—¡Arre! ¡Vete ya! ¡Eres un animalucho viejo! —exclamó ingrata Nan, al ver frustradas sus esperanzas. La vaca se alejó mugiendo dulcemente.


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