Hombrecitos
Hombrecitos —Bebamos un sorbito cada uno y sigamos andando para no dormirnos. Cuando uno se pierde no debe dormir.
El paseo fue muy corto, porque el chico se caÃa de sueño y daba tantos traspiés que Nan se desconcertó, comprendiendo la responsabilidad que habÃa contraÃdo.
—Si vuelves a caerte, te doy azotes —gruñó, tomándolo cariñosamente en brazos. Nan parecÃa más áspera de lo que era.
—No me des azotes; es que las botas me hacen resbalar —dijo Rob, sofocando el llanto; y luego añadió con acento que conmovió a la muchacha:
—Si los bichos no me picaran, dormirÃa hasta que llegara mamá.
—Pues echa la cabeza en mi falda y te taparé con el delantal; a mà no me da miedo la noche —exclamó Nan, procurando convencerse de que no se asustaba de las sombras ni de los misteriosos crujidos que sonaban a su alrededor.
—Despiértame cuando llegue mamá —dijo Rob.
La muchachita estuvo sentada un cuarto de hora, mirando inquieta a todas partes y antojándosele un siglo cada minuto. Comenzó a brillar una luz pálida en la cumbre de la colina y pensó:
—Va a amanecer; me gustarÃa ver salir el sol, en seguida nos iremos a casa.