Hombrecitos

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Antes de que la redonda faz de la luna asomase matando aquella ilusión, Nan se durmió recostada sobre el tronco de un fresno, y soñó con gusanitos de luz, con delantales azules y con que Rob le enjugaba el llanto a una vaca negra que decía: ¡Quiero ir a mi casa! ¡Quiero ir a mi casa…!

Mientras los niños dormían pacíficamente, arrullados por enjambres de mosquitos, en la casa Plumfield reinaba conmoción indescriptible. Cuando el carro, a las cinco de la tarde, fue a recoger a los niños, todos estaban prontos para regresar, menos Jack, Emil, Nan y Rob. Franz guiaba sustituyendo a Silas, y cuando los muchachos le dijeron que los cuatro que faltaban se habían ido a pie atravesando el bosque, Franz exclamó disgustado:

—Rob se cansará con una caminata tan larga; debieron decirle que en el carro vendría mejor.

—El camino es más corto, y si se cansa lo llevarán en brazos —observó Zampabollos, presuroso por comer.

—¿Están seguros de que Nan y Rob se marcharon con Jack y con Emil?

—Sí; los vi saltar la cerca, y los oí que gritaban: «¡Hasta luego!» —advirtió Tommy.

—Bueno, pues a sentarse bien y vamos andando —ordenó.


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