Hombrecitos
Hombrecitos Todos los chicos experimentaron la dulce influencia de Su Alteza, y todos, sin saber cómo ni porqué, mejoraron; los niños obran milagros en los corazones de aquellos a quienes aman. El infortunado Billy se pasaba las horas muy satisfecho contemplándola, y aunque a ella no le agradase, se prestó gustosa cuando le hicieron comprender que aquel pequeño era un enfermo muy necesitado de afecto y de cuidados. Dick y Dolly la surtían de pitos de madera —único juguete que sabían fabricar— y la princesita aceptaba el regalo, sin usarlo nunca. Rob la acompañaba como rendido galán; Teddy la seguía como un perrito faldero; Jack no era para Pelito de oro persona grata, por tener la voz áspera y las manos llenas de verrugas; Zampabollos tampoco era de los predilectos, por no comer con la pulcritud debida; el pobre George se esforzó en moderar su glotonería para no disgustar a la encantadora niña, que se sentaba en la mesa frente a él; Ned fue desterrado de la corte y cayó en desgracia, por haberlo sorprendido atormentando a unos ratoncitos. Su Alteza no olvidaba el triste espectáculo, huía del chico y le decía, afligida y colérica:
—¡Vete! No te «chero»; eres malo, les arrancabas los rabos a los pobres ratoncitos…, ¡y chillaban!