Hombrecitos

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—Nunca, aun cuando te lo propusieras, serías un Blimber; nunca nuestros niños serán mozalbetes afeminados y amanerados; son americanos y adoran la libertad. Sin embargo, conviene que en medio de sus travesuras sean corteses, como tú, mi querido Fritz, ¡mi niño grande!

—¡Bueno! Si vamos a piropearnos, empiezo y no acabo —exclamó papá Bhaer muy satisfecho—. Sólo te diré que te debo la tranquilidad y la dicha de mi vida.

—Pues oye: tengo otra prueba de la benéfica influencia de Pelito de oro; Nan aborrece la costura y, sin embargo, se ha pasado media tarde cosiendo para hacer una bolsa muy bonita que, llena de manzanas, quiere ofrecer a Bess como regalo de despedida. Cuando elogié su laboriosidad, me contestó con su habitual viveza: «Me gusta coser para otros, pero me fastidia coser para mí». Tomé buena nota de ello y pienso encargarle que cosa camisitas y delantales para los niños de la señora Cameyl. Nan es generosa y compasiva, y no se cansará de la labor ni lamentará pincharse los dedos.

—Pero, Jo, la costura es labor poco distinguida.


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