Hombrecitos

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Cuando tío Laurie, el padre de Bess, llegó a buscarla, el descontento fue unánime; los regalos de despedida aumentaron el equipaje en tales términos que el señor Laurie indicó que iba a necesitar el ómnibus para poder llevarlo todo. Ningún chico dejó de hacer un obsequio a la princesita, y no fue empresa fácil empaquetar ratones blancos, pasteles, caracoles, manzanas, un conejo vivo que rebullía en un saco; una lechuga enorme para su ensalada; una botella con peces lindísimos, y un ramillete de flores.

La despedida fue conmovedora; Su Alteza tomó asiento en la mesa del salón, rodeada de sus súbditos. Besó a sus primos y cambió apretones de manos con los demás que no disimulaban su emoción; habían aprendido a no ocultar lo que se siente.

—¡Qué vuelvas pronto, querida Bess! —murmuró Dan, colocándole en el sombrero una mariposa verde y oro.

—¡Que no me olvides, princesita de los cabellos de oro! —exclamó Tommy, acariciándole la rubia melena.

—La semana que viene iré a tu casa y volveré a verte —gritó Nat, consolándose con esta esperanza.

—Ya puedes darme la mano —advirtió orgullosamente Jack, tendiéndole la diestra limpísima y sin verrugas.


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