Hombrecitos
Hombrecitos Hubo un murmullo general. A Tommy se le cayó la taza en que bebía. Daisy gritó: «¡Ya sabía yo que Nat era inocente!». Nat rompió a llorar; tía Jo abandonó el comedor, transida de pena. Dan irguió la cabeza, tras fugaz abatimiento, se encogió de hombros, y con mirar huraño y el acento enérgico de antaño, dijo:
—Yo he puesto ese dólar en el granero; haga usted conmigo lo que quiera; pero no hablaré más del asunto.
—¿No sientes lo ocurrido…?
—No, señor; no lo siento.
—Pues yo lo perdonaré sin que él lo solicite —exclamó Tommy, sintiendo más compasión hacia el bravo Dan que hacia el tímido Nat.
—No necesito que me perdonen.
—Tal vez lo desees cuando lo pienses. Ni que decirte la sorpresa y el desaliento que me abruman. Subiré y hablaré contigo en tu cuarto —dijo el maestro.
—Lo mismo me da —contestó Dan, queriendo hablar con altivez, pero flaqueando al ver la tristeza del profesor, y creyendo que las palabras de éste eran una despedida, se fue.