Hombrecitos

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Si se hubiera quedado, acaso, oyendo las exclamaciones de pesar, de compasión y de extrañeza de los niños, se hubiera conmovido y tal vez se habría resuelto a pedir perdón. Todos, hasta Nat, deploraban el descubrimiento, porque todos, a pesar de la crudeza y de los defectos de Dan, admiraban las varoniles dotes de inteligencia y bondad que atesoraba el indómito muchacho. Tía Jo, especial protectora del chico, se afligió muchísimo. Malo era hurtar; peor, consentir que acusasen a un inocente; mucho peor, devolver el dinero calladamente, demostrando falta de valor y aptitudes para el engaño, que auguraban mal para el porvenir; e infinitamente peor negarse a pedir perdón, obstinarse en no hablar de lo ocurrido, y no dar muestras de arrepentimiento. Pasaban los días, y Dan, hosco, silencioso y sin arrepentirse, asistía a las clases. Aleccionado por lo ocurrido a Nat, no buscó la compañía de los niños, los evitó, se negó a jugar con ellos, e invirtió las horas de recreo en corretear por el campo, buscando entretenimiento en pájaros, reptiles e insectos.

—Si esto se prolonga, temo que vuelva a fugarse; es muy pequeño para soportarlo —dijo papá Bhaer, convencido del fracaso de sus esfuerzos.



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