Hombrecitos
Hombrecitos —Antes no hubiera yo creÃdo que se fugara; ahora lo dudo; está muy cambiado —contestó tÃa Jo, inconsolable, al observar que Dan huÃa de ella y que, cuando no podÃa evitarla, su mirada era medio fiera, medio suplicante, como de un animal salvaje apresado en una trampa.
Nat seguÃa como una sombra a su amigo, y éste, aun cuando con menos aspereza que a los demás, le decÃa:
—¡Vete! ¡No te preocupes por mÃ! Todos tienen razón. Yo sé arreglarme mejor que tú.
—Me disgusta verte siempre solo.
—Pues a mà me gusta mucho.
Paseando cierto dÃa por el bosque de abedules, vio Dan que sus condiscÃpulos se entretenÃan en trepar a los árboles y en balancearse sobre las flexibles ramas. Sin tratar de tomar parte en el juego, se detuvo a contemplarlos. Jack acababa de subirse a un árbol, muy copudo, y al querer cabalgar sobre una rama, ésta, que no era muy gruesa, se inclinó, quedando suspendido a gran altura.
—¡Bájate en seguida! —le gritó Ned.
Jack lo intentó; pero los retoños eran débiles y se troncharon a la presión del cuerpo; el tronco era muy grueso para abarcarlo con brazos y piernas; al fin, desesperado, asustado, jadeante, suplicó el chico:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que me caigo!