Hombrecitos
Hombrecitos —Vaya, no seas tonto y cállate —observó riendo, y, luego, preguntó vivamente—: ¿Lo sabe mamá Bhaer?
—SÃ, y está satisfechÃsima… —empezó a decir el maestro, pero no pudo continuar; los chicos, alborotadamente, rodearon a Dan, dirigiéndole centenares de preguntas.
—¡Tres vivas a Dan! —exclamó tÃa Jo desde la puerta, agitando un paño de secar platos, con intensÃsimo júbilo.
—¡Allá van! —contestó papá Bhaer, lanzando tres vivas tan estrepitosos y tan ruidosamente coreados por todos, que Asia quedóse estupefacta en la cocina, y el anciano señor Robert movió la cabeza, diciendo:
—¡Los colegiales no son lo que eran en mi tiempo!
Dan, contentÃsimo, sintió su alegrÃa colmada al ver a tÃa Jo. Repentinamente lanzóse al vestÃbulo; allá fue la excelente señora, y ambos desaparecieron durante media hora.
Tommy, complacido, restauró la razón social; Nat quedó de por vida agradecido a Dan; los niños procuraron compensar a los amigos de los desvÃos injustos que les hicieran padecer; tÃa Jo no disimulaba su extraordinario regocijo, y el señor Bhaer no se cansaba de contarle a todos la historia de sus discÃpulos, los nuevos Damon y Pythias.