Hombrecitos

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Yo tomé el dólar de Tommy. Estuve espiando por un agujero y vi dónde lo puso. Aunque deseaba decirlo, no me atrevía. De Nat me daba poca lástima; pero de Dan, mucha, porque es un valiente. No puedo seguir viviendo aquí. No he gastado el dinero; está bajo la alfombra de mi cuarto, detrás del lavatorio. Lo siento muchísimo. Me voy, y como creo que no he de volver, cedo a Dan todo cuanto ahí queda mío,

Jack.

La confesión no era muy elegante, estaba mal escrita y tenía muchos borrones; pero aun así, tenía extraordinario valor para Dan. Cuando terminó la lectura de la carta, se acercó al señor Bhaer, y le dijo serenamente:

—Ahora, señor, siento mucho los disgustos que le he dado, y le ruego que me perdone.

—Piadosa fue tu mentira, Dan, y la perdono; pero ya comprenderás que no estuvo bien hecho —exclamó papá Bhaer.

—Quise evitar que los niños siguiesen atormentando a Nat. Mi amigo no podía resistir tanto sufrimiento; yo sí —contestó Dan, satisfecho de romper el silencio que se impusiera.

—¡Y te sacrificaste por mí! ¡Qué bueno y cariñoso eres! —balbuceó Nat, deseando abrazar a su amigo y romper a llorar.


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