Hombrecitos
Hombrecitos —Déjalas sobre la hierba para que blanqueen —le aconsejó sabiamente su compañera.
—Bueno, y, mientras, nos subiremos al nido, para cuidar de que no se las lleve el viento.
Quedó extendido sobre la hierba el guardarropa de la reina de Babilonia; los baldes fueron colocados boca abajo para que escurriesen, y las dos lavanderas treparon al nido, y entablaron conversación, igual a las mujeres en los descansos de las faenas domésticas.
—Voy a tener un lecho de plumas con mi nueva almohada —dijo Nan, actuando de señora de Giddygaddy, pasando las flores de cardo del bolsillo, al pañuelo, y perdiendo más de la mitad en la operación.
—Yo no. TÃa Jo dice que los lechos de plumas no son higiénicos. No consiento que mis niños duerman sino sobre jergones —afirmó resueltamente Daisy, en funciones de la señora Shakespeare Smith.
—Me rÃo de la higiene. Mis niños son tan fuertes que duermen en el suelo y no se quejan ni les pasa nada. Además, no puedo comprar nueve jergones; pero como me gusta hacer camas, voy a tener camas.
—¿Tommy facilitará plumas de sus gallinas…?
—SÃ; no pienso pagarle, pero creo que no se incomodará.
—Enjuagando la ropa, tal vez se quiten las manchas verdes —indicó la señora Shakespeare Smith, cambiando la conversación y mirando al suelo.