Hombrecitos

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—Poco me importa. Y estoy harta de muñecas; estoy pensando tirarlas y dedicarme a cuidar el jardín.

—Pero no debes abandonarlas; se morirán sin su madre.

—¡Qué se mueran! ¡Ya me tienen aburrida! Prefiero jugar con los muchachos; ellos me extrañan.

—Me gustan mucho los quehaceres domésticos; cuando mi hermano sea mayor y vivamos juntos, pienso tener una casita muy bien arreglada.

—Pues yo —exclamó Nan— ni tengo hermanos ni me gusta la casa. Pienso tener un buen botiquín lleno de frascos, gavetas, bebidas y polvos. Saldré a caballo para visitar y curar enfermos. ¡Eso sí que es bonito!

—¡Puf! ¡Qué asco! Tendrás que oler el ricino y andar con jarabes, purgantes y otras cosas malolientes.

—¡Qué importa! Yo no he de tomarlos; servirán para curar a mis enfermos, y eso sí me gusta. ¿No le curé a mamá Bhaer el dolor de cabeza, con una infusión de salvia…? ¿No se le calmó, antes de cinco horas, el dolor de muelas a Ned con mi elixir…? ¡Ya ves que sí!

—Y ¿pondrás sanguijuelas, arrancarás muelas y cortarás piernas a las personas? —murmuró, aterrada, Daisy.


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