Hombrecitos

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—¡Naturalmente! No me importa que una persona se haga pedazos; yo la compondré. Mi abuelo era médico; una vez le cortó a un hombre un pedazo de la cara; yo vi la operación y tuve la esponja; mi abuelo dijo que era muy valiente.

—¡Qué valor tienes…! A mí me disgusta que las personas enfermen, y me agrada cuidarlas; pero me asusto en seguida.

—Bueno; serás mi enfermera y sujetarás a mis enfermos cuando yo les dé masajes y les corte las piernas.

—¡Barco a la vista! ¿Dónde anda Nan…?

—Aquí estamos.

—¡Ay! ¡Ay! —gimió la misma voz, y apareció Emil tapándose una mano, y haciendo gestos de dolor.

—¿Qué te pasa? —preguntó agitada Daisy.

—Una pícara espina se me ha clavado en el pulgar. No puedo sacármela. ¿Quieres quitármela, Nan?

—Está muy honda y no tengo aguja —contestó la curandera, examinando concienzudamente la lesión.

Daisy sacó del bolsillo un estuche de costura y agujas.

—Tú siempre tienes lo que necesitamos —observó Emil.


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