Hombrecitos
Hombrecitos Nan se prometió llevar siempre un papelillo de agujas para estas curas, que eran muy frecuentes. Daisy se tapó los ojos, mientras la cirujana pinchaba con pulso sereno, atenta a las indicaciones de Emil, en términos no médicos.
—¡Por la proa! ¡Firmes, muchachos! ¡A babor! ¡Orza!
—¡Aquà está!
—¡Me duele!
—Dame un pañuelo y te pondré una venda.
—No tengo; toma esos trapos que han puesto a secar.
—¡Ay que gracia! ¡No, hijito, no! No hay que tocar los vestidos de las muñecas —gritó Daisy, muy indignada.
—¡Chúpate el dedo! —ordenó el doctor, examinando la espina extraÃda. Emil agarró el primero que halló a mano… ¡Las enaguas blancas de SemÃramis, reina de Babilonia! Nan, sin protestar, desgarró la regia prenda, aplicó un vendaje y despidió al paciente, advirtiéndole:
—Conserva mojada la venda y no te dolerá la herida.
—¿Qué te debo…? —preguntó, riendo, el Comodoro.
—Nada; he establecido un dispensario, o sea un lugar en donde se cura gratuitamente a los enfermos.