Hombrecitos
Hombrecitos —Te admiro y te imitaré, renuncio a comprarme un violÃn; regalaré a Dan la manga para cazar mariposas, y si me queda dinero obsequiaré a Billy; me quiere mucho, y aunque no es pobre, le agradará tener un recuerdo mÃo.
—Bueno; ven y le preguntaré a papá Bhaer si puedes acompañarme a la ciudad el lunes por la tarde; mientras yo compro el microscopio tú compras la manga. Franz y Emil vendrán, y pasaremos bien el rato curioseando las tiendas.
Los muchachos pasearon discutiendo sus planes, y sintiendo ya la complacencia de favorecer al pobre y desvalido.
—Esto está fresco; descansaremos un poco —propuso Medio-Brooke a Dan, al regresar de un largo paseo por el bosque.
—Bueno —contestó Dan, subiendo al nido del sauce.
—Oye; ¿porqué se mueven las hojas del abedul más que las de los otros árboles…?
—Porque cuelgan de distinto modo. FÃjate y verás que la hoja está unida al vástago por una especie de pinza; esto hace que se agiten al más leve soplo de viento; en cambio las de roble penden rÃgidas y permanecen más quietas.
—¡Es curioso! ¿Les sucede a éstas lo mismo? —preguntó Medio-Brooke, señalando un tallo de acacia.