Hombrecitos

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—Con mucho gusto haré lo que pueda, pero yo no sé aconsejar como papá Bhaer; lo intentaré y te ayudaré.

—Bueno; pues revísalo y de vez en cuando vendremos a hablar sobre eso. Yo, te referiré cosas de animales. ¿Convenido…? —preguntó Dan tendiendo la mano.

—¡Convenido! —contestó el pequeño, oprimiendo la mano de su camarada.

En aquel mundo infantil, leones y corderos retozaban juntos, y los inocentes chicos eran, a veces, maestros de los niños mayores.

—¡Mira! —exclamó Dan, señalando hacia la casa, de la cual salía tía Jo, paseando lentamente y leyendo un libro, mientras Teddy corría jugando con un carrito.

—Esperemos a que nos vean —dijo Medio-Brooke.

Permanecieron callados, mientras los paseantes se acercaban; tía Jo iba tan entretenida con la lectura, que por poco se mete en el arroyo si Teddy no la hubiera detenido gritando:

—¡Mamá, «chero» un pez!

Tía Jo interrumpió su interesante lectura y buscó algo que pudiera servir de caña de pescar. Como llovida del cielo le cayó a los pies una varita de sauce; alzó la cabeza y vio a los niños riendo en el nido.

—¡Aúpa! ¡Aúpa! —exclamó Teddy, queriendo subir.


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