Hombrecitos

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—Bajaré y te dejaré sitio —dijo Medio-Brooke, y se marchó corriendo para contar a su hermana la historia de la bota, del tonel y de los diecinueve gatos.

Dan instaló a Teddy en el nido y exclamó riendo:

—Suba, mamá Bhaer; yo le ayudaré hay sitio para todos.

Tía Jo miró y como no viera a nadie contestó alegre:

—Bueno, guárdenme el secreto; voy a subir.

Subió ágilmente y añadió:

—Desde que me casé no he trepado a un árbol; de niña me gustaba mucho.

—Siga usted leyendo si quiere; yo cuidaré de Teddy —propuso Dan, fabricando una caña de pescar para él.

—No me importa la lectura. ¿Qué hacían aquí tú y Medio-Brooke…?

—Charlábamos. Yo le hablaba de hojas, de plantas y de animales, y él me contaba sus fantasías. ¡Eh! Mi general: ¡a pescar! —murmuró Dan, entregando al pequeño la varita de sauce de la cual pendía una cuerda con un alfiler encorvado y cebado con una mosca azul.

Teddy se entregó a la pesca; Dan lo sostuvo por el vestido para evitar que cayese al arroyo.

—Me alegro de que tuvieras esa conversación con Medio-Brooke; me complace que lo instruyas y que lo lleves a pasear.


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