Hombrecitos

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—Pero, yo, sin querer, puedo decir alguna palabrota. Hace un rato, involuntariamente, exclamé: «¡demonio!».

—Bueno, sé que cuidarás de no hacer ni decir nada malo; la compañía de Medio-Brooke te será provechosa, porque es un niño bueno, discreto y educado. Y, a cambio de la instrucción que le ofrezcas, él te brindará educación; tú lo irás haciendo algo sabio; él facilitará que seas más bueno.

Dan estaba tan complacido como emocionado. Nadie, hasta entonces, había tenido confianza en él; nadie había tratado de descubrir ni de fomentar los sentimientos buenos que, potencialmente, existían en su alma. Hosco y rudo, lo conquistaba el afecto y la ternura. Nada podía halagarle más que el verse convertido en maestro del inocente Rob y del inteligente Medio-Brooke. Animado, Dan refirió a tía Jo el convenio que hiciera con el Diácono. La señora Jo se alegró de veras. El muchacho comprendía que ya no estaba solo; que tenía amigos; que su trato sería útil; que la vida tenía objeto digno.




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