Hombrecitos

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—Cuando necesites pegar en serio, yo te proporcionaré algo más duro y resistente que Jack —observó el maestro, y, llevándolo a la leñera, le mostró gruesos troncos y enormes raíces de árboles que esperaban ser reducidos a leños y astillas—. Cuando sientas ganas de pelear, en vez de golpear a tus compañeros, ven aquí, da escape a tus energías y yo te lo agradeceré —le advirtió el señor Bhaer.

—Así lo haré —contestó Dan, y, sin más, tomó el hacha y descargó tan formidable golpe sobre un troncón, que lo redujo a astillas.

Dan cumplió la promesa y, a menudo, se le vio muy entretenido partiendo leña, en mangas de camisa, inflamadas las mejillas y chispeantes los ojos.

—¿Qué inventaré para cuando se canse de partir leña? —se decía tía Jo. Pero Dan buscó nueva ocupación y disfrutó con ella mucho antes de que se descubriera la causa de su contento.

Aquel verano había en los pastos de Plumfield un lindísimo potro, propiedad del señor Laurie. El animalito andaba suelto en el prado inmediato al arroyo. Los niños, al principio, se divertían viendo al potro galopar, correr, brincar, y echar al viento la sedosa cola. Pero pronto se cansaron.


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