Hombrecitos

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Únicamente Dan no se cansaba de admirar al caballo; iba a verlo diariamente y le llevaba pan, manzanas o terrones de azúcar como regalo. «Príncipe» era agradecido y simpatizó con él. Aun cuando estuviese bien distante, acudía el potro a galope tendido cuando Dan le silbaba entre la empalizada.

—Nos entendemos, ¿verdad, «Príncipe»? —decía Dan. Y el animalito enarcaba el cuello lanzando alegre relincho.

Tan celoso estaba el muchacho de esta nueva amistad, que a nadie informó de ella y nunca dejó que nadie, excepto Teddy, le acompañase en la visita diaria al prado.

Tío Laurie, que iba de vez en cuando a ver a «Príncipe», habló de ensillarlo para el otoño, y dijo:

—No necesitará mucho tiempo de doma, es un animal muy noble y cariñoso. Cualquier día vendré a ensillarlo.

—Tolera que le ponga una manta, pero no creo que, ni aun por usted, se deje ensillar —observó Dan, que asistía siempre a las visitas que a «Príncipe» le hacía su amo.

—Lo intentaré, si bien al principio la ha de dejar caer. Nunca lo han castigado, y, aun cuando se sorprenda, al menos no se asustará. Además, procuraré que los arreos le molesten poco. En fin, creo que se dejará montar.


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