Hombrecitos
Hombrecitos Al día siguiente logró ponerle una cabezada y, llevándolo de la mano, corrió al potro, hasta cansarlo un poco; seguidamente se encaramó el chico a la cerca, dio pan al animal y, acechando una oportunidad, se le plantó sobre el lomo. «Príncipe» quiso despedir al jinete, pero éste se mantuvo firme, por haber adquirido cierta práctica cabalgando sobre el borriquito, que estaba algo mal acostumbrado. El potro, con indignación y asombro, y después de dar saltos y de pararse sobre las patas de atrás, arrancó a galope tendido, obligando a Dan a apearse por las orejas. Otro chico menos bravo o menos ágil se hubiera roto la cabeza; Dan se dejó caer hábilmente.
—¿Pensabas que me había estrellado…? ¡Pues te equivocaste! Veremos quién puede más. Estoy decidido a montarte —dijo Dan resuelto.
Días después, ideó otro procedimiento. Sujetó en el lomo de «Príncipe» una manta doblada y lo dejó caer, saltar y brincar a sus anchas. Tras fieros arranques de rebeldía, el potro se sometió, y, al fin, pudo montarlo Dan. El animalito separaba en firme, relinchaba y parecía decir: «No entiendo lo que pasa; esto es nuevo para mí; ya veo que no me haces daño; me conformaré».
Una noche mientras recibía órdenes para el día siguiente, Silas dijo a su amo: