Hombrecitos

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—¿No sabe usted lo que ha hecho últimamente el niño?

—¿Qué niño? —preguntó el señor Bhaer, resignadamente, esperando oír algo muy desagradable.

—¡Dan! Ha estado domando al potro, señor, y lo cierto es que lo ha hecho admirablemente.

—¿Cómo lo sabe usted…?

—Sin que los niños lo noten, procuro vigilarlos; cuando noté que Dan iba diariamente al prado y volvía sudoroso, polvoriento y con algunas contusiones, callé y me dediqué a observarlo. Desde las ventanas altas del granero, lo vi obstinado en domar a «Príncipe». De vez en cuando salía despedido y daba tumbos formidables; pero siempre se levantaba ileso y, alegremente, sin asustarse, volvía a la tarea.

—Pero, Silas, ¡debió impedirlo! Dan pudo matarse.

—No había peligro, señor. «Príncipe» es tan noble como gallardo y cedió, al fin, en la lucha. Ya se deja montar por Dan, que es un jinete consumado. Casi no ha de costar trabajo concluir de domar al potro.

—Ya veremos —murmuró papá Bhaer, alejándose para averiguar directamente lo ocurrido.

Dan lo confesó todo, y demostró prácticamente que Silas no exageraba al hablar de la doma del potro; a fuerza de halagos, de habilidad y perseverancia, el triunfo del niño sobre el animal era indiscutible.


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