Hombrecitos

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Al señor Laurie le divirtió el relato del suceso, celebró el valor y la destreza del muchacho y le permitió que continuase educando al caballo. Gracias a Dan, «Príncipe» aceptó la silla, la brida, y hasta la indignidad del bocado. Tío Laurie perfeccionó la doma del animalito, y Dan, con gran admiración y envidia de los demás niños, obtuvo permiso para montar a su discípulo.

—¿No es una preciosidad…? ¿No parece, por lo manso, un cordero? —dijo un día el muchacho, acariciándolo.

—Sí; ¿y no es un animal más útil y agradable que el potro cerril que se pasaba los días brincando por el prado? —exclamó tía Jo, apareciendo en la puerta de la casa.

—Sí, señora. ¡Ya lo creo! Ahora no se escapa, aunque lo dejo suelto, y viene en cuanto le silbo. Lo he domado bien, ¿verdad?

—También yo estoy domando un potrillo cerril, y creo que, como el tuyo, veré realizado mi empeño, si tengo paciencia y perseverancia —murmuró tía Jo, sonriendo significativa e intencionadamente.


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