Hombrecitos

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Dick siempre tenía algo que contar, y cuando le concedieron la palabra, avanzó tranquilo, fijó en el auditorio sus claros ojos y habló con tal entusiasmo que nadie se fijó en su cuerpecillo contrahecho, porque todos creían ver brillar, dentro de aquel tosco vaso, un «alma recta». Así dijo el niño:

«He observado las libélulas y he leído lo que de ellas contiene el libro de Dan. Procuraré recordar lo que he visto y leído. Hay muchas especies de libélulas que vuelan en tomo de los estanques. Son azules, tienen los ojos muy grandes, y las alas parecen encaje finísimo. He agarrado algunas, las he examinado y creo que son los insectos más bonitos que existen. Se alimentan de insectillos más pequeños, y tienen una especie de anzuelo que guardan doblado cuando no cazan. Gustan de los rayos del sol y alrededor de ellos se pasan el día danzando. ¿Qué más…? ¡Ah, sí! En el agua, depositan los huevos, que se van al fondo y se entierran en el légamo. De los huevos salen unos animalitos muy feos: no sé cómo se llaman; son de color oscuro, cambian de piel y engordan mucho, mucho. Tardan dos años en convertirse en libélulas. Y… ¡ahora entra lo bueno! Cuando han pasado los dos años, el feísimo gusano trepa por una caña o por un junco y se abre por la espalda…».

—¡Anda! ¡Yo no creo eso! —murmuró Tommy.


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