Hombrecitos

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La guardilla grande ofrecía aspecto muy pintoresco, por obra de las infantiles cosechas allí depositadas. En lindas bolsitas de papel, rotuladas, y en el cajón de una mesa, guardaba Daisy semillas de flores. Las hierbas medicinales de Nan colgaban en manojos de las paredes, impregnando de aromas el ambiente. Tommy tenía una cesta de flores de cardo, con sus semillas, para sembrar cardos el año siguiente, si antes el viento no se llevaba el depósito. Emil guardaba haces de espigas; Medio-Brooke, simientes para sus animales. Dan había llenado medio granero de nueces, castañas y bellotas.

Más allá del prado había un avellano, cuyos supuestos propietarios eran Rob y Teddy. Aquel año, el árbol estaba cargado de frutos y las avellanas caían entre las hojas secas, para regocijo de las ardillas, más vivas que los dos chicuelos.

Papá Bhaer les dijo que podían aprovecharse de las avellanas siempre que las recogieran ellos dos solos. La tarea era fácil y del agrado de Teddy, pero en cuanto reunía unas pocas, se cansaba. Entretanto las ardillas le hacían la competencia y acopiaban abundantes avellanas para alimentarse en el invierno. Esa competencia divertía muchísimo a todos.

—¿Vendieron el producto de las avellanas a las ardillas?

—No, ¿por qué? —inquirió Rob.


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