Hombrecitos
Hombrecitos A la puerta esperaba un carruaje enviado por tío Laurie. Daisy, que se había arreglado en un momento, ocupó el asiento inmediato a su hermano, y, ambos niños, estrechándose las manecitas sin hablar con sus tíos que les acompañaban recorrieron velozmente en el coche el camino de la ciudad, y atravesaron calles desiertas para ir a decir adiós a su padre.
Excepto Emil y Franz, nadie más sabía lo que pasaba, por eso al levantarse, experimentaron extrañeza y disgusto; la casa, sin dueños, parecía abandonada.
El desayuno resultó muy triste sin la presencia de tía Jo. Al llegar la hora de clase y mirar el sillón del maestro, los chicos, muy desconsolados, dieron vueltas inútiles durante una hora, aguardando noticias y deseando que el señor Brooke mejorase, porque todos querían mucho a Medio-Brooke y al pobre John.
Sonaron las diez y media y nadie llegó de la ciudad. No tenían ganas de jugar; el tiempo no pasaba y permanecían silenciosos e inquietos. Franz propuso:
—¿Quieren que entremos a la escuela y demos clase, como si papá Bhaer estuviera aquí…? Esto le agradaría y nos hará el día menos largo.
—¿Quién hará de maestro? —preguntó Jack.
—Yo sé casi lo mismo que ustedes a pesar de ser mayor, pero si no tienen inconveniente, ocuparé el lugar del maestro.