Hombrecitos
Hombrecitos La modestia y formalidad de Franz impresionaron mucho a los niños. Vieron sus ojos enrojecidos, como si hubiera pasado llorando la noche, pero notaron en él algo nuevo y varonil, como si presintiendo el peso de la vida, comenzase a afrontar la lucha.
—Estoy conforme —contestó Emil sentándose y recordando que el primer deber de un marino es la obediencia a su superior.
Los demás siguieron el ejemplo; Franz ocupó el sillón de su tÃo y durante una hora reinó orden completo. Los niños estudiaron y dieron sus lecciones. Franz evitó las materias que desconocÃan; los alumnos, impresionados por la seriedad del novel profesor, se mostraron respetuosos. Estaban en el ejercicio de lectura cuando escucharon pasos en el salón. Todos levantaron la cabeza para enterarse de lo que ocurrÃa, cuando vieron al señor Bhaer. Aquel bondadoso semblante les dijo claramente que Medio-Brooke ya era huérfano. El excelente maestro se hallaba tan pálido, tan abatido, tan apesadumbrado, que apenas si pudo contestar a Rob, que le decÃa, en son de reproche:
—Papá…, ¿por qué me has dejado solo esta noche…?