Hombrecitos
Hombrecitos Al pensar en aquel otro padre que aquella misma noche había dejado a sus hijos solos para siempre, el señor Bhaer abrazó estrechamente al chiquitín, y ocultó el rostro en la infantil cabellera. Emil reclinó la cabeza en el hombro de su tío; Franz, tiernamente, le apoyó una mano en la espalda. Los demás niños se sentaron en un silencio tan profundo, que se oía perfectamente el rumor de las hojas secas al caer desprendidas de los árboles del jardín.
Rob no se daba cuenta de lo ocurrido, pero acongojado por la aflicción de su padre, le dijo:
—¡No llores, Mein Vater! Hemos sido muy buenos todos y hemos dado las lecciones con Franz.
Irguió la cabeza el maestro, procuró sonreír y exclamó:
—¡Muchas gracias, hijos míos! Es una hermosa manera de animarme y consolarme. No lo olvidaré.
—Franz lo propuso y ha suplido muy bien su ausencia —afirmó Nat, coreado por un murmullo de aprobación.
Papá Bhaer abrazó a su sobrino y expresó: