Hombrecitos

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—Bien. No voy a verlo para evitar que llore otra vez. Dile a Dan que le confío a Teddy. Ustedes quedan a cargo de Franz y de Silas. Bueno…, ¡hasta la noche, hijos míos!

—¡Dígame algo de tío John! —rogó Emil, deteniendo al señor Bhaer, que se alejaba presuroso.

—Estuvo enfermo solamente algunas horas y murió como había vivido: dulcemente, resignadamente.

La casa permaneció silenciosa todo el día y las clases se deslizaron sin novedad; a la hora del juego, los chiquitines se entretuvieron oyendo contar cuentos a Mary Ann; los mayorcitos salieron al jardín y hablaron mucho de tío John, comprendiendo que se había ido del mundo un ser bueno, honrado y justo.

Al oscurecer regresaron papá y mamá Bhaer. Medio-Brooke y Daisy eran un gran consuelo para su madre, que no quería separarse de ellos. Tía Jo estaba aniquilada y necesitaba calmarse. Lo primero que dijo al entrar fue:

—¿Dónde está mi chiquitín…?

—¡Aquí estoy! —contestó una vocecita.

Y mientras Dan depositaba a Teddy en brazos de su madre, éste, abrazándola, exclamaba:

—Mi Danny me ha cuidado, y yo he sido «beno», muy «beno».


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