Hombrecitos
Hombrecitos TÃa Jo se volvió para darle las gracias al niñero, pero éste se escabulló entre sus camaradas, murmurando:
—Vámonos; no la molestemos haciendo ruido.
—No se vayan; deseo verlos y tenerlos cerca, hijos mÃos; hoy los he abandonado todo el dÃa —dijo mamá Bhaer, acariciando a los muchachos y encaminándose, rodeada de ellos, a la salita. Luego, recostándose en el sofá, murmuró—: Ve, Nat, por el violÃn y toca alguna de las dulces melodÃas que últimamente te envió tÃo Teddy. La música me servirá tal vez para serenarme.
Corrió Nat en busca del violÃn y, sentándose en el vestÃbulo, tocó con delicadeza infinita, con sentimiento prodigioso; parecÃa poner en el arco la gratitud de su alma. Los demás muchachos, sentados en la escalera, guardaron silencio y vigilaron para que nadie hiciera ruido.
Al fin tÃa Jo, asistida y velada por los pequeños, pudo descansar y dormir un rato.
Tranquilamente transcurrieron dos dÃas. El tercero, al término de las clases, se presentó el señor Bhaer, conmovido y satisfecho al mismo tiempo, con una carta en la mano:
—Escuchen, hijos —exclamó, y leyó lo siguiente:
Querido hermano Fritz: