Hombrecitos

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He sabido que no piensas traer hoy a esos niños, temiendo que no me agrade verlos. Te ruego que los traigas. A Medio-Brooke le resultará menos amargo este día, hallándose entre sus compañeros; además, deseo que oigan lo que el sacerdote diga de mi John. Seguramente les será provechoso. Me gustaría que esos niños entonasen algunos de los antiguos himnos que tú les has enseñado. No dejes de traerlos.

Te lo ruega tu hermana,

Meg.

—¿Quieren ir? —preguntó el maestro.

—¡Sí! ¡Sí! —contestaron los emocionados muchachitos.

Una hora después salieron con Franz, para asistir al modesto funeral de John Brooke.

La casita parecía tan risueña, ordenada y tranquila como cuando, diez años antes, entró en ella Meg recién casada; entonces era verano y todo estaba lleno de rosas; ahora, por ser otoño, todo se veía cubierto de hojas amarillas. La entonces recién casada era ahora viuda; pero ahora como entonces la dulce resignación de su alma proporcionaba majestuosa serenidad al rostro.

—¡Admiro tu valor, querida Meg! —exclamó tía Jo abrazándola tiernamente.


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