Hombrecitos
Hombrecitos —Querida Jo, el amor que me ha sostenido durante diez años sigue sosteniéndome. El amor, esencia del alma, no puede morir; hoy John sigue estando a mi lado en espÃritu.
—Tienes razón —asintió mamá Bhaer.
Allà estaban todos: el padre, la madre, tÃo Teddy, tÃa Amy, el venerable señor Laurence, los Bhaer, con los chiquitines, y muchas personas más. En su vida laboriosa y modesta era de presumir que John Brooke no habÃa dispuesto de mucho tiempo para crear y cultivar amistades; y, sin embargo, surgÃan amigos por doquier; ancianos, jóvenes, pobres, ricos, humildes, aristócratas… Todos lo amaban, todos lo lloraban, todos lo bendecÃan.
Los mayorcitos contemplaban con honda emoción todo lo que se desarrollaba ante sus ojos. El funeral fue breve y sencillo; la voz del sacerdote, aquella voz que antaño sonara jubilosa al bendecir el matrimonio de John Brooke, cuando quiso pronunciar la oración fúnebre, tembló en un sollozo. El profundo silencio que siguió al último Amén, sólo se interrumpió por el llanto de Josy. El coro escolar, a una señal del señor Bhaer, entonó un himno suave y calmo. Todas las voces se unieron entonces, pidiendo a Dios paz para las almas.