Hombrecitos

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La viuda de Brooke comprendió su acierto al pedir que los niños asistiesen al funeral; era consolador que la última despedida a un hombre honrado y justo saliera de labios inocentes; y era consolador ver cómo aquellos niños iban atesorando en la memoria emociones, recuerdos y ejemplos dignos de imitación. Daisy reclinaba la cabeza en el regazo materno, Medio-Brooke estrechaba una mano de su madre, y, de vez en cuando, la miraba como diciéndole:

—¡No te aflijas, mamá; aquí estoy yo!

La viuda, entre aquellas muestras de simpatía y cariño, comprendió que, como su marido, estaba obligada a vivir para los demás.

Aquella noche, cuando los niños de Plumfield estaban, según costumbre, sentados en la escalera, alumbrados por la luz de una apacible noche de septiembre, la conversación recayó sobre el suceso del día.

Emil exclamó impetuosamente:

—Tío Fritz es el más sabio; tío Laurie el más ingenioso y divertido; pero tío John era el más bueno.

—Verdad. ¿Oyeron lo que le decían hoy unos caballeros a abuelito…? ¡Ojalá todos digan lo mismo de mí, cuando yo muera…! —murmuró Franz.

—No era rico, ¿verdad? —preguntó Jack.

—No.

—¿Nunca hizo nada que llamase la atención?


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