Hombrecitos

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—Cuando agonizaba, le dije: «No te inquietes por Meg, ni por los niños; me encargo de que nada les falte». Sonrió, me estrechó la mano y me contestó risueño como siempre: «No te molestes, nada les faltará, ya lo he previsto». Efectivamente, cuando vimos sus papeles, los encontramos en orden; no tenía deudas, y con los ahorros que deja hay suficiente para que Meg y los niños puedan vivir con comodidad e independencia. Entonces comprendimos porqué vivió siempre modestísimamente, rehusándose todas las satisfacciones, excepto las de la caridad; entonces comprendimos por qué había trabajado tanto, lo que hacía temer por su salud y su existencia. Auxilió a los demás, y nunca pidió auxilio ajeno; valerosamente llevó toda su carga. Nadie tuvo queja de él; siempre se mostró justo, generoso y compasivo. Ahora que ya no existe, todos lo alabamos, hasta el extremo de que siento orgullo por haber sido su amigo. Preferiría dejar a mis hijos, mejor que una inmensa fortuna, la herencia que él deja a sus hijitos. Sí, la bondad, la bondad es el mejor tesoro del mundo. Ella subsiste, mientras la fama y el dinero desaparecen, y es la única riqueza que podemos llevarnos al abandonar esta vida. Recuérdenlo bien, hijos míos; y si quieren lograr respeto, confianza y cariño… ¡sigan las huellas de John Brooke…!



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