Hombrecitos
Hombrecitos Algunas semanas después volvió Medio-Brooke a Plumfield. Parecía haberse consolado de la desgracia, con esa facilidad que la infancia tiene para cicatrizar todas las heridas. Así era, hasta cierto punto; pero el pequeño no olvidaba, por su carácter reflexivo, en el cual todo imprimía profunda huella.
Jugaba, estudiaba, trabajaba y cantaba como antes; pocos sospechaban que el chico hubiese cambiado, pero así era; tía Jo lo sabía, y procuraba constantemente consolar al huerfanito.
Tan unido estaba el chico a su padre, que cuando la muerte rompió aquel dulce lazo, el corazón del huerfanito derramó sangre y siguió sangrando. El tiempo fue piadoso con Medio-Brooke, que, al fin, lentamente, llegó a forjarse la ilusión de que no había perdido a su padre sino que éste se hallaba ausente y de que, tarde o temprano, volvería a abrazar a sus hijitos. A esta creencia se aferró el niño, y en ella encontró consuelo y sostén.
El cambio exterior corrió parejo con el interior, porque durante aquellas semanas el chico creció mucho y renunció a los juego infantiles, no avergonzado de ellos, sino deseando algo más varonil.
Se dedicó con ahínco al estudio de la aritmética, que antes le era antipática.
Papá Bhaer estaba admirado, pero se explicó aquella aplicación cuando le oyó decir: