Hombrecitos

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—Bueno —exclamó Silas apoyando el respaldo de su silla contra la pared y metiendo los pulgares en las sisas del chaleco—. Pues, durante la guerra, serví en un regimiento de caballería, y estuve en muchos combates. Mi caballo «Sargento» era un animal muy bueno; yo lo quería como a una persona. No era bonito, pero sí noble, manso y cariñoso. Cuando, por vez primera, entré con él en batalla, me dio una buena lección. Ya verán. Ni sé, ni puedo describir, ni conviene oír, los horrores de las batallas. De mí sé decir que al entrar en combate me aturdí tanto que no me di cuenta de nada. Nos dieron orden de cargar, y bravamente principiamos la carga, sin detenernos a recoger a los que caían. De pronto recibí un balazo en un brazo y caí de la silla quedando atrás, junto a un montón de muertos y de heridos. Bueno, pues me levanté y miré a ver si andaba por allí «Sargento». Ya lo daba por perdido cuando oí un relincho. Miré y vi que «Sargento» había retrocedido para buscarme, como si no comprendiera por qué me quedaba yo atrás. Le silbé, y, como estaba acostumbrado, llegó trotando hasta mí. Monté como pude, con el brazo izquierdo ensangrentado, pensando volver al campamento, porque me sentía acobardado; a muchas personas les sucede lo mismo la primera vez que asisten a una batalla. ¡Pues no pude realizar mi plan! «Sargento», más valiente que yo, se negó a retroceder; relinchó, resopló, levantó la cola y enderezó las orejas como si el olor de la pólvora y el fragor del combate lo atrajesen. Procuré que me obedeciera; pero se encabritó y brincó como si estuviera loco, y… ¡Pues dio un salto, arrancó al galope como un huracán y se metió en lo más duro de la refriega!


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