Hombrecitos
Hombrecitos —¡Bravo! —gritó Dan, entusiasmado.
—Me avergoncé de mi conducta —continuó Silas—. EnloquecÃ, me olvidé de la herida, y furiosamente, comencé a repartir mandobles a izquierda y derecha, hasta que una granada estalló en las filas, hiriendo a muchos. Durante un rato perdà el conocimiento; cuando reaccioné, la batalla habÃa concluido y me encontré cerca de un muro, al lado del pobre «Sargento» que estaba tumbado en tierra y peor herido que yo. Yo tenÃa una pierna rota y un balazo en el hombro; pero él, ¡pobrecillo!, tenÃa el vientre destrozado.
—Silas, y entonces, ¿qué hizo usted? —preguntó Nan, aproximándose con intenso interés al narrador.