Hombrecitos

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—Me arrastré hasta su lado, y con los trapos que pude desgarrar con la mano sana procuré contener la sangre. ¡Era inútil! El animal relinchaba dolorosamente y me miraba con tristeza. Yo estaba angustiado y lo auxilié como pude. Al notar el calor que sentía, y ver que el animal sacaba la lengua, quise llevarle agua de un arroyo que corría a alguna distancia de allí; pero estaba tan débil que apenas podía moverme. Un herido del ejército enemigo agonizaba a pocos pasos, con el pecho atravesado por un balazo. Abaniqué a «Sargento» con mi sombrero y ofrecí el pañuelo al herido para que se preservase la cara de los rayos del sol. El infeliz me lo agradeció mucho. Sepan que en los trances supremos, los hombres, para auxiliarse mutuamente, no se fijan en si pertenecen a distinto campo. El agonizante me alargó un frasco y me dijo: «Toma, es agua; a mí ya no ha de servirme». Le di y bebí un sorbo de aguardiente, que nos confortó algo… (Silas se emocionaba al recordar aquellos angustiosos instantes).

—¿Y «Sargento»? —preguntaron los niños.

—Le humedecí la lengua con el agua del frasco; el pobre animal me miró con gratitud. Se moría en medio de sufrimientos atroces y compadecido, lo libré de ellos. Durísimo fue el medio, pero lo empleé por caridad, y de seguro me perdonó el pobre caballo.

—¿Qué hizo usted…? —preguntó Emil, mientras Silas, conmovido, se detenía impresionado.


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