Hombrecitos
Hombrecitos El hortelano prosiguió:
—Le di un tiro por ahorrarle sufrimientos. Lo acaricié, le dije «abur», le hice que colocara la cabeza sobre el césped, lo miré y le descerrajé un balazo en la cabeza. Apenas si se estremeció; cuando lo vi completamente inmóvil, sin quejarse y sin sufrir, me alegré…, y ¡no me avergüenza decirlo!, le eché los brazos al cuello y lo besé cariñosamente. ¡Si seré tonto! —murmuró Silas pasándose la manga de la chaqueta por los ojos, tan enternecido por los sollozos de Daisy como por el recuerdo de «Sargento».
Reinó el silencio; todo se sentÃan como Daisy, aunque no lloraban.
—¿Y murió el herido? —preguntó Nan ansiosamente.
—Inmediatamente, no. Pasamos el dÃa tendidos en el campo de batalla; por la noche mis compañeros llegaron a recoger los heridos. Quisieron llevarme a mà primero, pero logré convencerles de que mi herida podÃa esperar, mientras que la del soldado enemigo era mortal. Al fin se lo llevaron. Aún tuvo fuerzas para alargarme la mano, murmurando «¡Gracias, camarada!». Una hora después expiró en el hospital.
—¡Cuánto se habrá alegrado usted de haberse mostrado compasivo! —murmuró Medio-Brooke, emocionado.