Hombrecitos

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—Sí; me alegré, y me sirvió de consuelo mientras estuve en el campo, con la cabeza apoyada en el cuello de «Sargento», viendo salir la luna y aguardando la vuelta de mis compañeros. Pensé en enterrar al caballo, pero no pude; tuve que contentarme con cortarle un mechón de crin, que guardo desde entonces. ¿Quieren verlo…?

—Sí —contestó Daisy, enjugándose las lágrimas.

Sacó Silas del bolsillo una cartera vieja; la abrió y tomó de ella un papel oscuro; lo desenvolvió y mostró un nudo hecho con crines blancas que los niños miraron con respetuosa emoción.

—La historia es muy bonita y me ha gustado mucho, a pesar de haberme hecho llorar —dijo Daisy, ayudando a Silas a guardarla reliquia. Mientras, Nan echó en el bolsillo del buen hombre un puñado de castañas asadas. Los chicos reconocieron que la historia tenía dos héroes, y aclamaron y felicitaron al hortelano, que se retiró admirado del gran éxito de su narración.

Los muchachos se entretuvieron comentando el caso y acechando la llegada de una nueva víctima. Esta fue tía Jo, que, con el pretexto de hacerle un delantal a Nan, fue a ver a los chicos, que hacía rato faltaban.

La recibieron con gran algazara y la enteraron del juego.


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