Hombrecitos
Hombrecitos —Cuando la señora refirió lo ocurrido y mostró las tortas despojadas del sabroso fruto, los muchachos lo lamentaron mucho y declararon que no sabían nada. «Habrán sido las ratas», observó Lewis, que fue de los que más protestas de inocencia hizo. «Las ratas se hubieran comido todo, pero no se habrían entretenido en tapar y destapar el dulce; esto lo ha hecho algún niño», replicó la maestra, más afligida por las negativas que por el daño. Acostáronse los chicos después de cenar; a medianoche, la señora Grane oyó que alguien se quejaba; se levantó y halló a Lewis gimiendo y llorando. Indudablemente padecía un cólico grave. La maestra se alarmó y al ordenar que llamasen al médico, el enfermo dijo: «Es el agraz; me lo comí; debo confesarlo antes de morir». «Si es eso, yo te daré un vomitivo y te pondrás bueno», contestó la señora. Así ocurrió. A la mañana siguiente, el culpable rogó a la maestra que callara lo ocurrido, para que los demás niños no se burlaran. Accedió a ello la señora, pero Sally, la criada, ya se lo había contado a todos y Lewis soportó mucho tiempo las bromas de sus camaradas, que le llamaban «Viejo agraz» y le preguntaban por las tortas.
—La maldad se descubre siempre —observó Medio-Brooke.
—Siempre, no —repuso Jack, que se había vuelto de espaldas, y estaba asando castañas, para ocultar su rubor.