Hombrecitos
Hombrecitos —Y… ¿es todo? —insinuó Dan.
—SÃ; lo referido es sólo la primera parte de la historia. La segunda es más interesante. Transcurrió el tiempo y un dÃa llegó un buhonero a la escuela, deteniéndose para ofrecer sus mercancÃas a los niños; algunos compraron peines de bolsillo, lápices y otras baratijas. Lewis anduvo mirando mucho un cortaplumas de nácar, pero no lo compró porque no tenÃa dinero, y no encontró quién le prestara. Tuvo el cortaplumas en la mano dándole vueltas, admirándolo y suspirando por él, hasta que el hombre recogió sus cajones para marcharse; entonces lo dejó caer con sentimiento, y el mercader continuó su camino. Pero al dÃa siguiente volvió el buhonero, diciendo que no encontraba el cortaplumas y que creÃa haberlo dejado en la escuela. No querÃa perderlo, porque era de nácar, y valÃa mucho. Los chicos dijeron que no habÃan encontrado el cortaplumas. «Este muchacho fue el último que lo tuvo; y, parecÃa gustarle mucho. ¿Está seguro de habérmelo devuelto?», dijo el hombre dirigiéndose a Lewis, que, afligidÃsimo, negó haber guardado el cortaplumas, y afamó insistentemente que lo habÃa devuelto. Nadie le creyó, todos lo consideraron culpable, y, tras una escena borrascosa, la maestra pagó el precio fijado al objeto, y el buhonero se marchó.
—¿Lo tenÃa Lewis? —preguntó Nat, muy excitado.