Hombrecitos
Hombrecitos —Ya verán. El pobre Lewis pasó muy malos ratos. Sus compañeros le decÃan constantemente: «Viejo agraz, préstame tu cortaplumas de nácar». Lewis, harto de sufrir, pidió volver a su casa. La maestra procuró que los niños se moderasen, pero esto era dificilÃsimo de conseguir. Los niños pueden acostumbrarse a no golpear a un compañero que está en el suelo, pero no a dejar de molestar al que cae en desgracia.
—¡Sé algo de eso! —murmuró Dan.
—Y yo también —confirmó Nat.
—Bueno; pues pasaron muchas semanas y el asunto no se aclaraba. Los niños ignoraban a Lewis, y éste sufrÃa tanto y estaba tan resuelto a no faltar nunca a la verdad, que la maestra se compadeció y llegó a creer que el niño era inocente.
Al cabo de dos meses se presentó el buhonero, y lo primero que dijo fue: «Señora, el cortaplumas ha aparecido; estaba entre el forro y la madera de una de mis cajas; como usted me lo pagó, me he creÃdo en el deber de venir inmediatamente a comunicárselo». Todos los niños, avergonzados al oÃr esto, pidieron perdón a Lewis, que, cariñosamente, se lo concedió. La señora Grane regaló el cortaplumas a Lewis, y éste lo conservó como recuerdo de una falta que le hizo perder temporalmente, con injusto motivo, su buena fama.